El análisis del público en una fecha que demostró que los gustos musicales y culturales pueden convivir si existe el respeto y las ganas de divertirse.

– “¿Música electrónica en el Cosquín? ¡Qué es eso!”

– “Uh, seguro se arma quilombo. Nada que ver una cosa con la otra”

– “Los rolingas no se van a bancar a los chetos de la electrónica”

– “Se va a mezclar toda la música y va a ser cualquiera”

Desde que se conoció la noticia de que iban a haber DJs en la edición 2019 del Cosquín Rock, este era el tipo de frases que más se escuchaban y leían en las redes sociales. Es que sí, sin dudas era una novedad, una real sorpresa. Nadie se la veía venir.

Y empezaron las dudas. Incertidumbre. Desconfianza. Sospechas. Porque no solo era que iba a haber un tipo detrás de una bandeja, por ahí, aislado. La apuesta era fuertísima: Nick Warren y dos DJs internacionales más (más uno local), en el escenario Sur.

Esto último que menciono no es un dato menor porque tiene mucho peso simbólico. Se estaba queriendo decir que la electrónica iba a estar a la misma altura que el rock. Que se le iba a dar protagonismo más allá del underground. Una fotografía de lo que viene pasando en los últimos años en la escena cultural y electrónica de Córdoba y Argentina. La electrónica en primera plana.

Foto: BNP

De la remera Stone al glitter

Más tarde supimos que la música electrónica iba a compartir poco con el rock ya que iba a empezar casi finalizando el escenario Norte y luego iba a quedar sonando sola, en exclusivo. Fue en este punto que las dudas musicales se disiparon pero entró otra inquietud: ¿cómo iba a reaccionar el público?

De parte de ambos sectores había desconfianza. El rockero, el del palo, sabe que mucho no le gusta compartir con géneros que no hablen su mismo idioma. Ese de la remera cortada con una tijera y la fuerza de una canción con lírica.

Por su parte, el de la electrónica no estaba muy convencido con que su tipo de música, ese que es fino por naturaleza y estéticamente exigente, se mezcle con algo que es más fiereza y sudor que otra cosa.

Fue tan así que una de las dudas más fuertes era la posibilidad de que se generaran disturbios. De que la gente se pegara. Literal. Que se agredieran físicamente. Hasta qué punto podía llegar la intolerancia.

Pero sentado acá, escribiendo estas líneas, las escribo contento. Porque el sábado 9 de febrero en el Cosquín Rock se demostró que el arte no tiene barreras. Puede resultar una frase hecha, de filosofía barata de Facebook. Pero es real, porque se vivió real.

Uno giraba la cabeza y veía a uno con remera y bermuda, promedio. Otra con un top, gafas oscuras y mucho glitter. Otro con flequillo recto, una musculosa del club Argentino de Junín y una pulsera con los colores rastafari.

Uno bailaba de lado a lado, siguiendo el ritmo. Otra saltaba como si estuviera haciendo pogo. Otro no bailaba mucho, pero miraba las visuales y los juegos de luces como si estuviera en el cine.

Una decía “que maestro este Warren”. Otro por ahí preguntaba “che, ¿cómo se llama este que está tocando? Muy bueno”. Alguno decía “yo siempre quise ir a una fiesta de electrónica pero nunca tuve con quién ir”.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que a nadie se le podía ocurrir generar un disturbio. ¿Para qué? ¡La gente se estaba divirtiendo! Todos y todas. Todos tenían algo que celebrar. Ver de nuevo a Warren, ir a una fiesta de electrónica por primera vez o simplemente escuchar algo diferente luego de ver a su banda rockera favorita.

¿A quién se le podía ocurrir generar un disturbio si todos y todas estábamos contentos/as?

La intolerancia es una elección. No existe por sí sola. Hay que ejercerla. No está si no hay una persona dispuesta a ponerse en ese lugar. De la misma forma funciona la terquedad o el fanatismo.

El sábado 9 de febrero del 2019 en el Cosquín Rock se demostró que si uno se para del lado correcto, va a tener la chance de disfrutar más y quejarse menos. Del lado de la intolerancia hay frustración. Del lado de la apertura hay diversión.

El resto es habladurías de los intransigentes; de los que no se permiten vivir cosas nuevas; de los que quedan atados a un formato que ya no devuelve nada; de los que se fijan en el detalle que los va a reprimir y no en el botón de los desprejuicios que los va a soltar.

Vengan de este lado. Hay lugar y les aseguro que la van a pasar bien. Ponete tu mejor remera rollinga y venite que te lleno de glitter.


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